Unión Europea: Frustración, choques y amenazas: arranca una Cumbre tensa en Bruselas

Los líderes de los 27 discuten hoy en Bruselas de Energía, Estado de Derecho o migraciones con los ánimos caldeados, pocas soluciones y demasiados puntos de fricción

Hay Cumbres europeas trascendentales, hay Cumbres irrelevantes y hay Cumbres cargadas de material explosivo que pueden hacer saltar los delicados equilibrios de fuerzas, prioridades y necesidades del continente. La que arranca este jueves en Bruselas es una de estas últimas. No hay nada, en principio, que por sí sólo vaya a tener el poder de provocar una catástrofe, pero la agenda va tan cargada de temas complicados, y los ánimos en la UE están tan alterados, que pueden dejar sorpresas por todas partes. 

Los temas estratégicos que los jefes de Estado y de Gobierno tienen que abordar son cuatro o cinco, pero que inevitablemente se entrelazan. Arrancarán sin el tradicional encuentro con el presidente del Parlamento Europeo, pues David Sassoli sigue muy tocado de la pulmonía que cogió en septiembre en Estrasburgo y no está en condiciones todavía. Una cuestión anecdótica en principio, pero que pone de lleno sobre la mesa algo más profundo, pues el mandato de Sassoli, dos años y medio, expira en enero. Hay un acuerdo firmado que dice que el puesto le correspondería a un candidato ‘popular’, pero los socialistas se resisten a honrarlo, apelando al hecho de que el mundo de 2021 nada tiene que ver con el de 2019 y que la supremacía conservadora en los gobiernos nacionales se ha diluido, por lo que ellos deberían conservar el cargo. El problema es que Sassoli, la opción lógica que podría sostener la idea, no está claro que vaya a estar en condiciones, lo que estos días tiene los pasillos de la Eurocámara hirviendo de rumores, conspiraciones y teorías. 

Después habrá una foto de familia especial, de despedida a Angela Merkel después de 107 Consejos Europeos seguidos. La canciller está en funciones aún, pero todos asumen que para la Cumbre de diciembre ya estará Olaf Scholz. No se hablará de ello, pero la salida de Merkel y las broncas que se multiplican como nunca alrededor de una líder indiscutible, pero también evidentemente debilitada en su último año, van a marcar el tono en los próximos meses. Algo ha cambiado y se tendrá que abordar en algún momento. 

Formalmente, el primer tema de agenda que se tocará es el de la energía. Después Covid y Estado de Derecho. En la cena, Comercio y relaciones Exteriores, pensando en los socios balcánicos, la Cop26 de Glasgow en noviembre, o los roces con Rusia. Y para el día siguiente, migraciones y temas digitales. Eso en teoría porque si hoy la cosa encalla, el calendario se puede adaptar. 

Enumerado asépticamente no parece nada grave, pero despiezado todo se complica. España, Francia, Grecia y en menor medida Rumanía, República Checa o Portugal están molestas porque creen que la cuestión de los precios de la energía no se está tomando lo suficientemente en serio. Creen que la propuesta de la Comisión Europea de la semana pasada es un chiste malo y que hay que meter mano al sistema. El resto se resisten, a veces con cierto desdén, y Charles Michel tiene complicado navegar. Puede ser el tema más largo de discusión y Madrid trabaja intensamente para cambiar el lenguaje que está en el papel ahora mismo. 

A eso se unen las amenazas colaterales. Por un lado, Grecia, que está presionando a la Comisión, pidiendo «realismo y soluciones constructivas» porque cree que los objetivos medioambientales para el sector del transporte son un error, y su industria naviera se ve muy amenazada. Por otro, Polonia. Siempre Polonia, que está encabezando una pequeña rebelión (creciente) contra la estrategia común de transición energética, contra el ritmo de reducción de emisiones. Contra el Fit for 55, el plan de la Comisión Europea, que en teoría cuenta con apoyo generalizado, pero que va acumulando vías de agua. Varsovia, que tiene otras guerras abiertas, tiene margen de hacer daño por aquí, y no va a desaprovecharlo. Ya ha distribuido un ‘non-paper’, una contribución provocadora para el debate pidiendo límites mucho más laxos, así que se prevé ruido. Por si fuera poco, Francia está en una campaña agresiva a favor de la energía nuclear, Alemania con el gas, y eso está repercutiendo en Bruselas, donde no se logra un acuerdo sobre llamada taxonomía, el definir qué es exactamente una energía verde y qué proyectos se pueden beneficiar de fondos comunitarios y cuáles no en esta transición. 

Eso lleva al elefante en la habitación. Charles Michel se ha resistido como gato panza arriba para no meter una discusión sobre el Estado de Derecho en la agenda, tras lo que está pasando sobre todo en Polonia, con la decisión del Tribunal Constitucional de poner en jaque el orden jurídico comunitario. Pero también por Hungría o Eslovenia. El primer ministro holandés, Mark Rutte, ha presionado para hablar, y se sale con la suya, pero a medias. Habrá discusión, pero no referencia al tema en el documento final de Conclusiones. 

Michel sabe que es un tema demasiado caliente, divisivo, potencialmente muy tóxico que puede asfixiar a la UE, pero no puede evitar que se aborde. En Países Bajos es algo prioritario, y más mientras se negocia la formación de Gobierno, y el Parlamento Europeo acaba de anunciar una denuncia a la Comisión Europea por no haber activado el llamado mecanismo de condicionalidad para congelar los fondos de Budapest y Varsovia. Sin embargo, y precisamente por eso, otros socios, como España, presionan para que no se entre. No quieren que monopolice el debate como pasó antes de verano con Hungría. Quieren tratar de energía o migraciones y saben que si se abre la botella del Estado de Derecho saltarán chispas y todo lo demás puede quedar eclipsado e incluso bloqueado. La pelea tuitera entre Rutte y el esloveno Janesz Jansa, lo más parecido en Twitter a Donald Trump, es el ejemplo perfecto de cómo se pueden perder los nervios y el control y dejar una imagen irrecuperable. 

El tercer tema estratégico es el migratorio, alimentado por lo que pasa en Bielorrusia, lo que hace Alexander Lukashenkodesde hace meses. La situación está empeorando sobre todo en lo humanitario según se acerca el invierno. Siguen llegando aviones fletados desde Bagdad a Minsk para abandonar y empujar a refugiados hacia territorio de la UE y la situación política se complica. «El Consejo Europeo no va a aceptar ningún intento de terceros países de instrumentalizar la inmigración por objetivos políticos y condena esos ataques híbridos en sus fronteras», se lee en el borrador de conclusiones que se está negociando. 

«La UE sigue decidida a asegurar el control efectivo de sus fronteras exteriores. Deben hacerse esfuerzos para reducir los movimientos secundarios», añade el papel. Y he aquí el segundo problema. No es sólo lo que pasa en Lituania o Polonia por la presión de Moscú o sus aliados. Ni en el Mediterráneo, orienta u occidental. Hay países, como Holanda, molestos por el sistema. Detectan que más del 50% de los que piden asilo en su país llevan en realidad muchos años en Europa, no han tramitado sus papeles donde deberían. Y denuncian que el sistema, que borra los datos cada cinco años, no funciona, así que quieren tanto esfuerzo en el control exterior como en la prevención de movimientos ilegales.

El cuarto asunto, relacionado tangencialmente, es el Covid. La vacunación es uno de los grandes éxitos de la UE y todos sacan pecho, desde la Comisión al Parlamento pasando por las capitales. Pero en realidad, es casi una historia de éxito, porque las diferencias entre socios son tan brutales que están cerca de provocar un serio problema. Algunos, como España, tiene ratios de vacunados por encima del 90%, pero en otros, con Bulgaria y Rumanía especialmente apuntados, la cifra está en algunos casos en el 30%, y no por falta de dosis. No se están vacunando, no quieren hacerlo, hay mucha desinformación y eso puede acabar generando problemas con la libre circulación de personas. A punto de superar la pandemia, retirando medidas de todo tipo, algunos gobiernos no parecen dispuestos a que los retrasos de otros pongan en peligro la vuelta a la normalidad. 

Mucha carga, desde muchos frentes y mucha incertidumbre. No se esperan decisiones de calado, no habrá soluciones a ninguno de los problemas, pero la experiencia de la última década muestra en Bruselas que los problemas se enquistan y que no siempre se sale reforzados, más fuertes y unidos de las crisis. Hay desafíos existenciales, económicos, migratorios y sociales, un cóctel demasiado peligroso como para mirar para otro lado. Todos lo saben, pero nadie sabe exactamente cómo lograr que todos miren hacia el mismo sitio al mismo tiempo.

El País