Desde tiempo atrás, en la Secretaría de Inclusión y Desarrollo Social hemos impulsado cursos de Lengua de Señas Mexicana (LSM) dirigidos a funcionarias y funcionarios del gobierno del estado de Coahuila y de algunos municipios. El objetivo es claro: brindar herramientas básicas para que el servicio público pueda comunicarse mejor con personas con discapacidad auditiva y reducir, aunque sea un poco, las barreras que históricamente han enfrentado.
Este año, sin embargo, dimos un paso distinto. A petición de la propia ciudadanía, abrimos por primera vez un curso de LSM para el público en general, como una prueba piloto. No sabíamos exactamente qué esperar. Lo que sí sabíamos es que valía la pena intentarlo.
La respuesta fue contundente. Con más de 200 espacios disponibles, el curso se llenó a los pocos días de haberse anunciado. No hubo campañas espectaculares ni incentivos económicos. Solo una convocatoria abierta y una sociedad que respondió con interés genuino. Eso dice mucho de quiénes somos como comunidad.
En la mayoría de los casos, cuando alguien decide estudiar un curso, un diplomado o incluso una maestría, lo hace pensando en sí mismo: en fortalecer su perfil profesional, en ser más competitivo en el mercado laboral, en aspirar a un mejor empleo o a un mejor ingreso. Es completamente legítimo. El conocimiento también es una forma de crecimiento personal.
Pero el curso de Lengua de Señas Mexicana es distinto. Aquí, el principal beneficiado no es quien lo toma. El verdadero beneficio está en las otras personas: en quienes no escuchan, en quienes son sordas, en quienes muchas veces llegan a una oficina, a una escuela o a un espacio público y se encuentran con un muro invisible llamado incomunicación.
Quienes decidieron tomar este curso están invirtiendo su tiempo no solo para aprender una nueva lengua, sino para tender un puente. Están diciendo, sin palabras, que les importa el otro, que reconocen la diversidad y que entienden que la inclusión no se decreta: se construye, persona a persona. Mi reconocimiento para todas y todos ustedes.
Cada seña aprendida es una puerta que se abre. Cada conversación posible es una barrera que cae, y cada ciudadano que decide aprender LSM contribuye a formar un estado más incluyente, más justo y, sobre todo, más fuerte.
Porque una sociedad verdaderamente solidaria no es la que ayuda solo cuando le conviene o cuando aparece una emergencia, sino la que aprende, se prepara, se adapta y se transforma para que nadie se quede fuera.