Bolsas azules

El último silbatazo marcó el término del partido, pero no el final de la lección.

Mientras miles de aficionados abandonaban las tribunas, decenas de seguidores japoneses permanecieron en sus lugares. Sacaron unas bolsas azules, del color de su selección, que ya llevaban preparadas desde antes del encuentro, utilizadas durante el encuentro como banderolas infladas, y comenzaron a recoger vasos, envolturas, botellas y cualquier otro desperdicio que encontraban a su alrededor. No limpiaban únicamente lo que ellos habían ensuciado. Limpiaban el espacio que habían compartido con los demás.

La escena volvió a recorrer el mundo. Ya la habíamos visto en otros mundiales, en Juegos Olímpicos y en distintos torneos internacionales, pero nos sigue sorprendiendo porque desafía la idea muy extendida de que el espacio público siempre es responsabilidad de alguien más.

La pregunta inevitable es de dónde nace esa conducta.

La respuesta difícilmente puede encontrarse en una campaña de limpieza. Es el resultado de una cultura construida durante generaciones. En Japón, desde la educación básica, los propios alumnos limpian sus salones, los pasillos y los baños de las escuelas. No existen intendentes para esas tareas cotidianas. El propósito no es ahorrar dinero, sino formar ciudadanos que entiendan que cuidar lo común también es parte de sus obligaciones.

Ese sentido del deber colectivo ha acompañado a Japón incluso en los momentos más difíciles de su historia. Después de la devastación de la Segunda Guerra Mundial, el país logró reconstruirse hasta convertirse en una de las economías más desarrolladas del planeta. Lo hizo apoyado en valores como la disciplina, el respeto por los demás, la puntualidad, el trabajo bien hecho y en equipo y la convicción de que el esfuerzo individual contribuye al bienestar colectivo.

No es casualidad que los japoneses despierten simpatía en tantos lugares del mundo. En Monterrey ocurrió algo que llamó poderosamente la atención. Aunque jugaban lejos de casa, la selección japonesa parecía local. Miles de mexicanos decidieron apoyarla espontáneamente. No fue solo por su estilo de juego. Fue también por la admiración que generan como pueblo. Su comportamiento dentro y fuera de la cancha ha construido una reputación que inspira respeto y afecto.

Las bolsas azules con las que limpian los estadios contienen mucho más que basura. Guardan una idea poderosa: que la grandeza de una nación no depende únicamente de su economía, de su tecnología o de sus triunfos deportivos. También se refleja en los pequeños actos que millones de personas realizan todos los días sin esperar reconocimiento.

México tiene incontables ejemplos de solidaridad y generosidad. Los vemos cuando un desastre natural moviliza a miles de voluntarios o cuando una comunidad se organiza para ayudar a quien más lo necesita. Tal vez el siguiente paso sea trasladar ese mismo compromiso a la vida cotidiana: cuidar la calle como cuidamos nuestra casa, respetar los espacios públicos y asumir que el orden también se construye entre todos.

No esperemos al próximo Mundial para sacar nuestras propias bolsas, verdes en nuestro caso. El verdadero patriota no es solo quien ondea una bandera o canta el Himno Nacional. También es quien se agacha, recoge un papel del suelo y, sin decir una palabra, les enseña a sus hijos cómo se construye un México mejor.