#EDITORIAL: Una obra de teatro sobre la mujer humillada

A una muchacha la abandona su amante. Está en su recámara, acostada en el suelo, esperando al teléfono la llamada del fulano. Se aferra a lo perdido, administra la ausencia; la muchacha es un animal herido que se desangra y lucha para que su hombre le diga en su cara que ya no la quiere.

 

El drama se titula “La Voz Humana” y la escribió Jean Cocteau en 1930. La obra es el monólogo agónico de una mujer que sufre un desengaño. Se presentó en el 2006 en el Teatro Hidalgo de Ciudad de México.

 

Esa vez me pidió mi amiga Lidia Vasconcelos, maestra en letras, que la acompañara a verla. Pasé por ella a Polanco, cerca del parque Lincoln. Lidia vivía sola y era experta en Cocteau; escribió su tesis doctoral sobre el ángel misterioso que soñó el artista fracés.

 

–Más que un ángel –me decía Lidia– es el demonio del amor. Cocteau lo bautizó como Heurtebise. Investigo desde hace años sus orígenes literarios. Heurtebise es el ejemplo perfecto del arte como búsqueda de lo absoluto, a diferencia de la vida ordinaria que debe ser metódica y simple. Yo odiaría a la mujer de “La Voz Humana”, si existiera de verdad.

 

–Existe –le respondí yo–. Somos todos los seres rotos, apegados a un amor perdido. A ti no te importa porque no quieres tener pareja estable.

 

–Y así vivo tranquila –me dijo Lidia–. Las pasiones joden. La búsqueda de lo absoluto se la dejo a las novelas, a las obras de teatro, a Heurtebise, el demonio del amor. ¡Si supiera tanta chamaca despechada que las pasiones joden!

 

Caminé con Lidia al Teatro Hidalgo. El único personaje de la obra de Cocteau lo interpretaba en esa puesta la actriz Karina Gidi. Junto a mi butaca una muchacha se pasó llorando casi toda la función. En especial cuando la protagonista le dice por teléfono a su ex amante: “Yo sabía que esto sucedería. Lo que pasa es que hay quienes creen que pasarán la vida entera junto a la persona que quieren y de pronto, cuando llega la hora, no están preparadas para la ruptura”. Terminó la obra y la joven seguía llorando. Mi amiga Lidia la alcanzó en el vestíbulo:

 

–Estas mal, muchacha. Aprende a separar el arte de la realidad –la regañó –. En el mundo de los vivos las cosas son simples y prácticas. Debería darte vergüenza llorar así.

 

Acompañé a Lidia de regresó a su departamento. Me repitió varias veces cómo puso en su lugar a la chamaca ingenua: Lidia sí sabía diferenciar entre el arte y la vida; entre su vida personal y el arte mágico de Heurtebise, el demonio del amor. Me despedí de ella después de contarle un secreto:

 

–¿Sabes de dónde se inspiró Cocteau para bautizar a su Heurtebise? De un elevador. Ese demonio tan refinado de tu tesis doctoral debe su nombre a la marca del elevador del edificio donde vivía Cocteau. Lamento decírtelo.

 

Mi amiga se burló de mi y yo, por primera vez, comencé a sentir piedad por ella y por todos los demás seres tan letrados pero sin alma que habitan el mundo y que presumen que nunca sufrirán un desengaño. Pobres de ellos. ¿Qué será peor?

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