El ranking de la felicidad

Hace algunos años, cuando mi padre tuvo la responsabilidad de representar a México como Embajador en Cuba, lo visitamos en varias ocasiones. Recuerdo que, en cada viaje, había algo que me desconcertaba. No era la arquitectura detenida en el tiempo ni las carencias evidentes. Era el ánimo de su gente.

Hoy, la realidad de la Isla es distinta, pero en aquel entonces encontraba a su gente alegre, conversadora, cercana. Había risas en las calles, puertas abiertas y vecinos conviviendo. Me sorprendía ver cómo, en medio de limitaciones materiales profundas, existía algo que muchas sociedades más prósperas han ido perdiendo: una comunidad viva. Ahí entendí que la felicidad no siempre sigue la ruta del dinero.

Hace unos días se publicó, una vez más, el ranking mundial de felicidad. Y, como ya es costumbre, los países nórdicos encabezan la lista. Finlandia, Dinamarca, Islandia. Naciones con altos niveles de ingreso, sí, pero también con algo más difícil de construir: confianza. Confianza en las instituciones, en el gobierno, pero sobre todo en los demás.

El estudio, elaborado a partir de variables como el apoyo social, la libertad para tomar decisiones, el uso de redes sociales, la percepción de corrupción y la generosidad, confirma algo que intuimos pero pocas veces colocamos al centro, la felicidad no depende únicamente de cuánto tenemos, sino de cómo vivimos.

Aunque México bajó 2 escaños en el lugar del ranking, posicionándose en el 12º, sigue dentro del primer decil. Somos reflejo de nuestras propias contradicciones, desafíos profundos conviviendo con una vida social intensa y cercana.

No es casualidad que en muchas regiones de América Latina los niveles de satisfacción con la vida sean más altos de lo que el ingreso sugeriría. Aquí, donde los desafíos sobran, también abundan los vínculos, la familia extendida, el amigo que aparece sin ser llamado, la costumbre de compartir.

En contraste, hay países con economías robustas donde crece un fenómeno silencioso, atizado por el uso de las redes sociales, sobre todo en la juventud: la soledad.

La felicidad no es solo un resultado económico. Es una construcción social. Los países mejor posicionados generan riqueza pero también invierten en bienestar. Han entendido que la salud mental importa, que los espacios públicos dignos fortalecen el tejido social y que el equilibrio entre trabajo y vida personal no es un lujo, sino una condición para vivir mejor.

Pero incluso eso es insuficiente para explicarlo todo. Porque la felicidad no se mide únicamente en indicadores. Se reconoce en lo cotidiano, en la conversación sin prisa, en la mesa compartida, en la certeza de que alguien estará ahí cuando haga falta.

Aquellas visitas a Cuba me dejaron una lección que hoy cobra sentido frente a cualquier ranking. Se puede tener poco y vivir acompañado, o tener mucho y sentirse solo. Y tal vez ahí está lo esencial. No en el lugar que ocupamos en una lista, sino en la forma que nos acompañamos en el viaje de la vida.