Groenlandia en disputa: el acuerdo marco de Trump revive fantasmas históricos

El escenario descrito como “Múnich ártico” refleja la parálisis europea frente a las presiones de Washington, con la amenaza de que la autonomía estratégica de la UE se derrumbe.

BRUSELAS, Bélgica (Proceso).– “Un acuerdo verbal de contenido incierto que mantiene a los europeos en alerta”.

Así es como el diario belga Le Soir describió el llamado «acuerdo marco» sobre Groenlandia al que llegaron el presidente estadunidense Donald Trump y el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, el pasado 21 enero en el marco del Foro Económico Mundial de Davos, en Suiza.

Este anuncio representó una pausa en la inédita crisis trasatlántica por el control de la isla ártica de Groenlandia, un inmenso territorio autónomo danés que Washington amenaza con tomar por la fuerza si continúa el rechazo europeo a cedérsela para supuestamente contener eventuales agresiones de Rusia y China.

Hasta este viernes 23 se desconocen los puntos precisos de tal acuerdo verbal. Sin embargo, el New York Times publicó que entre ellos podrían incluirse la restricción de extraer minerales de tierras raras a los países que no son miembros de la OTAN y una actualización del pacto firmado en 1951 entre Estados Unidos y Dinamarca a través del cual el ejército estadunidense obtuvo un gran acceso a la isla. En la ampliación de este pacto se crearían en la práctica áreas de soberanía estadunidense en Groenlandia, como ocurre con las bases británicas en Chipre.

Tanto el gobierno de Groenlandia como el danés dejaron la puerta abierta a otorgar concesiones económicas, pero ya adelantaron que no aceptarán de ninguna manera ceder soberanía territorial a Estados Unidos ni un acuerdo en el que no participen plenamente.

Si bien tras este «acuerdo marco» Trump descartó la posibilidad de una invasión y levantó los aranceles que había planeado imponer a los países europeos que a principios de enero realizaron ejercicios militares en la isla, el Times subrayó que no hay ninguna garantía de que esas conversaciones en Davos deriven finalmente en un documento aceptado por todos los actores sobre el futuro del territorio groenlandés y de que no vuelvan las amenazas.

Trump en Davos. Foto: Evan Vucci / AP.

«Trump está interesado en los recursos del subsuelo de Groenlandia. Pero eso no es lo que está enfatizando. Al escucharlo, su motivación parece más territorial, la de un magnate inmobiliario que busca expandir sus propiedades», expone Adrien Abécassis, exasesor en asuntos europeos del gobierno francés y actual director político del Paris Peace Forum, en un análisis publicado el pasado 8 de enero por el reconocido Instituto Jacques Delors y que se mantiene vigente.

Estados Unidos, apunta el también diplomático de carrera, «ya posee una influencia militar estructural en Groenlandia: (la Base Espacial) Pituffik (antes Base Aérea Thule) alberga el radar de alerta temprana mejorado (ex-BMEWS), operado por la Fuerza Espacial de Estados Unidos, un elemento clave de la alerta avanzada de misiles y ataques. Además, el marco jurídico bilateral (el acuerdo de defensa de 1951) y su actualización (Igaliku, 2004) ya ofrecen posibilidades de adaptación de la postura sin transferencia de soberanía».

Abécassis identificó tres «escenarios plausibles» para Europa frente a un gobierno como el de Trump, al que él llama «un aliado depredador».

El primer escenario prevé que Europa no salga de la parálisis en la que ha estado más o menos sumergida por temor a romper sin vuelta atrás la relación trasatlántica; que Europa no dé una respuesta contundente y así Trump no encuentre obstáculos a su ambición sobre Groenlandia.

Abécassis denomina a este escenario como el «Múnich ártico», evocando los acuerdos que en septiembre de 1938 firmó en esa ciudad alemana Reino Unido y Francia con el régimen nazi y la Italia de Benito Mussolini. Hitler había invadido la región de los Sudetes, que pertenecía a Checoslovaquia. Esos acuerdos fueron considerados una «traición» por los checoslovacos y al final no cumplieron con el objetivo de impedir la Segunda Guerra Mundial.

Éste es «el escenario de la negación», señala el experto francés, que explica:

Paralizados por el miedo a que Washington corte el salvavidas a Kiev (Ucrania), los europeos, con Francia y Alemania a la cabeza, optan por la distensión verbal y la inacción sobre el terreno. Dinamarca, aislada, se ve sometida a una presión bilateral insoportable. Estados Unidos procede a la toma de control administrativo y de seguridad de Groenlandia, una anexión de facto mediante un ultimátum, un «acuerdo» extorsionado o una demostración de fuerza.

Pero las consecuencias se resentirían más allá de Groenlandia, ya que en este caso Europa se convertiría en una región «vasalla» de Washington, advierte Abécassis. Y haciendo otra comparación histórica dice que, de esta forma, la UE se vería en una posición similar a la de los países del Pacto de Varsovia frente a la extinta Unión Soviética, con una soberanía limitada por los intereses del «Gran Hermano».

La noción europea de «autonomía estratégica» se derrumbaría, expone.

Así, las pretensiones de construir una «defensa europea» como el proyecto «Brújula Estratégica», presentado en 2022 para reforzar sus capacidades militares tras la invasión rusa de Ucrania, «parecerían meras ilusiones, incapaces de provocar una reacción incluso ante el despojo territorial».

Lo anterior, sin embargo, matiza el exasesor, no significa que no puedan producirse represalias contra Estados Unidos, como el cierre de sus bases en Europa o un endurecimiento de las políticas europeas contra las compañías tecnológicas estadounidenses.

«Pero sacar a Europa del estancamiento tras haber sido objeto de una anexión territorial sin ser capaz de defenderse será muy incierto (…) En cuanto a la OTAN, si un aliado puede amenazar la integridad territorial de otro sin una reacción estructurada, la Alianza se convierte en mera fachada», afirma.

Usar a Ucrania como moneda de cambio por Groenlandia, asegura Abécassis, sería una trampa para los europeos, pues, estima, ceder al chantaje territorial validaría el método del presidente estadunidense y de cualquier manera «nada garantiza que este sacrificio salve a Ucrania; por el contrario, la debilidad mostrada animaría a Trump a realizar otras transacciones con Moscú».

El segundo escenario plantea un «refuerzo preventivo, discreto y multilateral» por parte de Europa, que así marcaría una «línea de disuasión» frente a los ímpetus imperialistas de la Casa Blanca, expone el especialista.

En este caso, una coalición de países como Francia, Reino Unido, Alemania y los Estados escandinavos tendrían que entrar en apoyo de Dinamarca antes de cualquier acción estadunidense.

Soldados daneses en Groenlandia. Foto: Mads Claus Rasmussen Ritzau Scanpix vía AP.

Es algo parecido a lo que ocurrió a mediados de este mes de enero cuando ocho países europeos, entre ellos Francia, Reino Unido y Alemania, enviaron pequeños contingentes militares a Groenlandia para realizar un ejercicio encabezado por Dinamarca pero sin la intervención de Estados Unidos ni del mando de la OTAN.

La idea de una «fuerza simbólica», destaca Abécassis, no es enfrentarse militarmente a Estados Unidos, sino hacer que cualquier acción ofensiva tenga un «costo político prohibitivo» para el inquilino de la Casa Blanca.

Profundiza: «Un despliegue europeo, aunque sea limitado, con unas cuantas fragatas, algunos recursos aéreos y unidades ligeras posicionadas en infraestructuras críticas, cambia la naturaleza del discurso: obligar a Trump a dar la impensable orden de disparar contra sus aliados proporciona argumentos a los funcionarios republicanos reticentes y al Congreso, en un contexto en el que ya se están debatiendo resoluciones del tipo «War Powers» («Poderes de Guerra») para restringir el uso de la fuerza» del presidente.

Para él, esta es la opción más «racional» si el objetivo es «disuadir sin provocar», ya que este tipo de despliegues militares se presentarían «para reforzar la defensa de Groenlandia y el frente norte de la OTAN frente a las amenazas rusas y chinas invocadas por Washington», dejando de lado «una narrativa diplomática antiestadunidense», tal como se expresó en el comunicado conjunto del 6 de enero pasado de los países europeos que participaron en el ejercicio militar en Groenlandia.

Este escenario, adelantó en su momento Abécassis, planteaba para Europa un problema de logística militar en el Ártico y dependencia de activos de transporte estratégico, pero también corría el riesgo de provocar la ira presidencial de Estados Unidos, como sucedió con el anuncio de imposición de aranceles a los países que participaron en el despliegue.

«Este es el precio de la credibilidad: cualquier disuasión implica un riesgo de escalada política», asume el diplomático francés.

El tercer escenario es el de la «confrontación efectiva» entre antiguos aliados, la «humillación táctica» para los europeos y «el costo político máximo para Washington». Un «momento Suez», lo llama Abécassis.

En 1956, Reino Unido junto con Francia se unió a Israel en la invasión de Egipto para deponer al presidente Gamal Abdel Nasser y recuperar el control del estratégico Canal de Suez que éste había nacionalizado. Aunque los británicos y sus aliados ganaron la guerra, la fuerte presión diplomática de Estados Unidos y la Unión Soviética los obligó a retirar sus tropas y regresar el canal a Nasser. Los historiadores consideran que esa crisis derivó en el fin de Reino Unido como superpotencia, lo cual se conoce con el término académico de «momento Suez».

Este escenario, en el que Trump decide emplear la fuerza militar, tendría lugar tras un despliegue preventivo de Europa en Groenlandia.

Describe Abécassis el episodio: «Las fuerzas estadounidenses, superiores en número y tecnología, rodean y neutralizan las posiciones europeas, incluso sin disparar un solo tiro», con bloqueos, ciberataques, saturación informativa, incidentes en la «zona gris» y un cerco marítimo». Estados Unidos obligaría así a los europeos a una «evacuación amistosa».

Europa perdería militarmente, advierte el experto, pero Estados Unidos, afirma igualmente, pagaría «un costo político exorbitante».

Explica que la imagen de Estados Unidos anexionando a un aliado de la OTAN destruiría su reputación y desencadenaría una crisis interna dentro del Congreso, frente a su opinión pública e incluso entre los republicanos que más lo apoyan. La OTAN, no tiene dudas, dejaría de existir tal y como la conocemos. Esta «descarga eléctrica», pronostica Abécassis, aceleraría la integración de la defensa europea, «desvinculada de Estados Unidos por absoluta necesidad».

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