La otra autonomía europea

Europa se rearma porque la guerra está cerca y la garantía estadunidense se ha vuelto incierta

Donald Trump llegó a Ankara amenazando con retirar tropas de Europa si Dinamarca no le entregaba Groenlandia, con romper el comercio con España y con reanudar la guerra contra Irán, cuyos líderes describió con un insulto que los diarios tradujeron con dificultad. Dos días después se despidió celebrando el “tremendo amor” entre los aliados. Entre un momento y otro medió la primera cumbre de la OTAN en Turquía desde 2004.

Para quienes temían una ruptura, el desenlace fue un alivio. Trump firmó la declaración conjunta que reafirma el compromiso con la defensa colectiva y con el artículo 5, según el cual un ataque contra un aliado es un ataque contra todos. La cumbre fue declarada un éxito. Pero el listón estaba colocado inusualmente bajo; se trataba de evitar que Estados Unidos abandonara a sus aliados, condicionara públicamente sus compromisos y provocara una crisis dentro de la alianza.

Esa vara explica la coreografía. Mark Rutte, secretario general de la alianza, visitó a Trump en Washington antes de la cumbre y le presentó gráficas del aumento del gasto militar aliado desde su primer mandato. Una llevaba por título, en letras doradas, “THE TRUMP TRILLION”. La adulación funciona hoy como instrumento de política de seguridad, y los diplomáticos europeos la han incorporado a su repertorio con la resignación de quien aprende un idioma que no eligió. Los aliados discuten, además, celebrar las cumbres cada dos años en lugar de cada año. La próxima será en Albania; nadie quiso ponerle fecha. La alianza militar más poderosa de la historia administra a su miembro principal como se administra un riesgo.

Sin embargo, sería un error quedarse en el teatro. Mientras Trump enumeraba agravios, en Ankara se celebraba otra cumbre, la cumbre de la autonomía europea. Los aliados cerraron contratos de armamento por 50 mil millones de dólares y acordaron invertir 27 mil millones de euros para extender hacia el flanco oriental la red de almacenamiento y distribución de combustible construida durante la Guerra Fría, que nunca se amplió tras el ingreso de los países del Este. Gran Bretaña encabezará una iniciativa de 12 países para desarrollar misiles con un alcance de dos mil kilómetros, en sustitución de los estadounidenses que Washington dejó de suministrar. Ucrania obtuvo la promesa de una licencia para producir interceptores Patriot, los únicos capaces de derribar misiles balísticos e hipersónicos rusos. La producción tardará años en arrancar, pero reduciría la dependencia ucraniana –y europea– de la capacidad de la industria estadunidense.

Unión europea
Europa. Reconstruir a toda prisa la defensa antimisiles, la inteligencia estratégica, la logística militar y la capacidad industrial — Comisión Europea

Nada de esto es un gesto para complacer a Trump. Europa se rearma porque la guerra está cerca y la garantía estadunidense se ha vuelto incierta. Durante décadas Europa no delegó su defensa en Estados Unidos por comodidad, sino porque Estados Unidos construyó deliberadamente un sistema en el que las capacidades decisivas permanecían en manos estadunidenses. La cuestión ya no es si ese diseño era justo o injusto, sino qué ocurre cuando su arquitecto empieza a retirarse antes de que haya un sustituto. Europa intenta reconstruir a toda prisa la defensa antimisiles, la inteligencia estratégica, la logística militar y la capacidad industrial, mientras la guerra ya no espera a que termine la transición. Los misiles caen sobre Ucrania; los sabotajes, los ataques cibernéticos y las campañas de influencia ya hace tiempo cruzaron las fronteras de la Unión Europea.

En ese contexto hay que leer el papel del anfitrión. Recep Tayyip Erdoğan gastó 250 millones de dólares en organizar la cumbre, prohibió toda protesta pública y detuvo preventivamente a más de 200 personas, entre ellas numerosos activistas. Hace unos años, ese historial habría incomodado a los aliados. Hoy Turquía tiene el segundo ejército más numeroso de la alianza, produce armamento cada vez más competitivo y es el interlocutor al que Europa recurre en sus tratos con Moscú. Varios diplomáticos europeos consideran, además, a Erdoğan el único líder capaz de mantener a Trump dentro de la OTAN. Trump correspondió al gesto y puso sobre la mesa la venta de los cazas F-35, bloqueada desde 2020 por la compra turca de sistemas antiaéreos rusos. Cuando la amenaza se percibe como existencial, cada aliado cuenta y las preguntas sobre su régimen interno se posponen.

¿Es esta una nueva OTAN? En el papel, la de siempre; el comunicado repitió las fórmulas habituales. Pero la alianza de hoy descansa menos en la fe en Washington y más en las capacidades europeas, menos en los valores compartidos y más en la amenaza compartida.

La OTAN nació para mantener a los estadunidenses dentro, a los rusos fuera y a los alemanes abajo, según la célebre fórmula de Hastings Ismay; después se reinventó para gestionar el poder estadunidense dentro de una comunidad de valores compartidos. La alianza que surgió en Ankara sigue intentando mantener a los rusos fuera; todavía busca mantener a los estadunidenses dentro, pero bajo una lógica distinta y con una capacidad militar alemana cada vez más fuerte. Es una organización que se prepara, con seriedad y con prisa, para la posibilidad de una guerra en la que tendría que pelear sin su socio más poderoso o con un socio que decida mirar hacia otro lado, antes de que Europa esté preparada para sustituirlo.

Proceso