Macron y su dilema poselectoral

El debate del 20 de abril entre los candidatos a la Presidencia de Francia –Emmanuel Macron y Marine le Pen–, visto por 16.5 millones de franceses, fue crucial. En él, el actual mandatario acorraló a la aspirante ultraderechista y la hizo trastabillar.

El debate del 20 de abril entre los candidatos a la Presidencia de Francia –Emmanuel Macron y Marine Le Pen–, visto por 16.5 millones de franceses, fue crucial. En él, el actual mandatario acorraló a la aspirante ultraderechista y la hizo trastabillar. Los sondeos ya le dan la mayoría al habitante del Elíseo, pero éste es apenas el primer paso de un conflicto en ciernes, pues –de alzarse con el triunfo– sus electores le exigirán conciliar las garantías que ofreció al sector empresarial con los compromisos sociales y ecológicos que esgrimió para seducir a los sectores izquierdistas.

PARÍS (Proceso).– A sólo dos días de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales –y al cierre de esta edición– no parece irreal predecir la reelección de Emmanuel Macron en la Presidencia de Francia, aun si invita a la prudencia el antecedente de las inesperadas victorias de los partidarios del Brexit en Gran Bretaña y de Donald Trump en Estados Unidos en 2016.

Confirman tal hipótesis los sondeos de opinión –favorables al presidente-candidato, que obtendría 57.5% de los votos– y las repercusiones del debate televisivo, seguido en vivo por casi 16.5 millones de franceses, que lo enfrentó con Marine Le Pen durante tres horas, el pasado miércoles 20.

Seguro de sí, con la prepotencia del tecnócrata convencido de tener un dominio perfecto de todas las temáticas abordadas, aparentemente respetuoso de su contrincante pero sutilmente insidioso y a veces amablemente cruel, Macron se impuso a Marine Le Pen, que hacía esfuerzos sobrehumanos para no dejarse desestabilizar y buscaba defender un programa económico aproximativo y un proyecto de democracia al estilo polaco o húngaro.

Sin embargo, apartar a la líder de la Agrupación Nacional del Elíseo no significa apaciguar el conflictivo ámbito político y social de Francia.

De ganar Emmanuel Macron, sus electores exigirán que cumpla sus promesas de campaña y lo colocarán ante un profundo dilema. El presidente-candidato deberá conciliar las garantías que ofreció antes de la primera vuelta al sector empresarial y a su electorado más acomodado, con los compromisos sociales y ecológicos que se sacó de la manga en vísperas de la segunda vuelta electoral, para seducir a los sectores populares y a los jóvenes que votaron a favor de Francia Insumisa, partido radical de izquierda liderado por Jean-Luc Mélenchon, o por la Agrupación Nacional.

Basta recordar la amplitud y la virulencia del movimiento de los Chalecos Amarillos y las fuertes movilizaciones contra la reforma de las pensiones o a favor de las reivindicaciones del personal de los hospitales públicos, que desestabilizaron a Francia entre finales de 2019 y finales de 2020 para medir el potencial explosivo de la frustración de millones de electores de horizontes distintos.

Destacan los de Marine Le Pen, humillados por dos derrotas seguidas en el escrutinio presidencial. Sigue un abanico de electores de izquierda aglutinados alrededor de los Insumisos, que acabaron votando por Macron en la segunda vuelta electoral “con dolor y para conjurar el espanto de la ultraderecha” o que votaron a favor de ella por odio a Macron. Equivalen a 22% del electorado, es decir 7.7 millones de personas firmemente decididas a seguir enfrentando “al presidente de los ricos”.

Diga lo que diga Macron, el balance de su quinquenio es malo y su personalidad inspiró en millones de franceses apolíticos o seguidores de Francia Insumisa y Agrupación Nacional un odio irrefrenable, de una intensidad pocas veces alcanzada en las últimas décadas.

En contra

Entre las principales fallas de Macron resalta su manejo solitario, vertical y soberbio del poder, “jupiterino”, dicen sus adversarios, diametralmente opuesto a las vibrantes declaraciones del candidato de 2017 que se pretendía “ni de derecha ni de izquierda” y se decía dispuesto a sintetizar lo mejor de ambas corrientes políticas para encarnar una manera novedosa y moderna de gobernar, abierta al diálogo con la oposición y la sociedad civil y favorable a cierta dosis de autogestión local.

Proceso