Es curioso lo fácil que resulta hacerse una idea de un país sin haber vivido en él. Basta con unas cuantas imágenes, algunas noticias, una película, una canción y los recuerdos que otros nos han transmitido. Con esos elementos construimos una impresión que puede acabar pareciéndose mucho a la realidad o, por el contrario, tener poco que ver con ella.
Desde España, cuando pensamos en México, aparecen enseguida los tópicos. Pensamos en Frida Kahlo, Cantinflas, los mariachis, el cine mexicano que durante décadas nos hizo reír, los tacos, la comida picante y toda una cultura que reconocemos casi de inmediato. Pero también aparecen imágenes mucho más duras: el narcotráfico, la violencia, los tiroteos o la frontera con Estados Unidos, convertida en escenario de una compleja realidad migratoria.
Ninguna de esas imágenes es necesariamente falsa. El problema aparece cuando pretendemos que todas ellas, reunidas, puedan explicar lo que es México.
Por eso resulta necesario mirar un poco más allá de los tópicos. Y quizá también aprender algo que no hacemos suficientemente: escuchar cómo nos ven los demás.
Nosotros mismos no siempre somos conscientes de cómo nos perciben. Un español puede vivir toda su vida haciendo determinadas cosas sin reparar demasiado en ellas, hasta que llega un francés, un alemán, un italiano o cualquier otro europeo y se sorprende ante nuestra forma de vivir, de relacionarnos o de reaccionar ante determinadas situaciones. Entonces descubrimos algo de nosotros mismos que teníamos delante de los ojos y que, precisamente por tenerlo tan cerca, nunca habíamos visto.
A veces necesitamos que nos mire un amigo. O un vecino. Alguien que está suficientemente cerca para entendernos, pero suficientemente lejos para observarnos con otros ojos.
Y esa es precisamente la voluntad de este espacio: que España y México podamos mirarnos como en un espejo. Que cada uno pueda ayudar al otro a ver aquello que tiene delante y que, precisamente por tenerlo tan cerca, quizá no sea capaz de distinguir.
Miradas cruzadas para contar en México lo que sucede en España, pero también para contar desde España cómo vemos a México. No para confirmar tópicos ni para juzgar al otro desde lejos, sino para descubrir qué vemos bien, qué vemos mal y qué cosas no vemos en absoluto.
Porque entre dos países no solamente circulan personas y mercancías. También circulan imágenes.
Y en el caso de México y España hay algo especialmente interesante: más de dos siglos después de la independencia mexicana, la distancia política no ha borrado los vínculos culturales.
México logró su independencia en 1821 y ha construido desde entonces su propia historia, sus instituciones y su identidad. España ha seguido también su propio camino. Durante siglos, sin embargo, ambos territorios formaron parte de la Monarquía Hispánica. El resultado de aquella historia no es que seamos iguales, sino que existe un poso común que todavía hoy se reconoce con facilidad.
En España tenemos 17 comunidades autónomas y dos ciudades autónomas, Ceuta y Melilla. Las comunidades autónomas son territorios dotados de instituciones propias y un amplio grado de autogobierno. Madrid, Cataluña, Andalucía o Galicia son algunos ejemplos. Cuando un mexicano llega a España, las diferencias entre esas regiones pueden sorprenderle. También existen diferencias entre México y España.
Hay un acento diferente, algunas palabras distintas y determinadas costumbres que cambian, como me ocurre también cuando conozco a personas procedentes de otras comunidades autónomas o regiones de España. Sé perfectamente que estoy hablando con alguien de otro país, pero existe una familiaridad inmediata, una proximidad difícil de explicar y que hace que la distancia parezca menor de lo que realmente es.
Lo pienso al recordar a un amigo que fue niño a finales de los años sesenta y principios de los setenta. En aquellos años, México tenía una fuerte presencia en el imaginario popular español, impulsada especialmente por el cine, la música y la cultura popular. A él le gustaba especialmente todo aquello. Tanto, que llevaba siempre un sombrero mexicano rojo con borlas.
No era algo que se pusiera un día para disfrazarse. Lo llevaba de verdad. Se sentía satisfecho con su sombrero y no se lo quitaba. Durante un año, o incluso más, lo utilizó prácticamente a diario. Y recuerda, todavía hoy, haber ido con él a la playa.
La imagen resulta difícil de olvidar: un niño de Almería, con su sombrero mexicano rojo, caminando por las playas de su tierra, por los paisajes del Cabo de Gata o por el desierto de Tabernas, aquel escenario almeriense convertido en territorio de tantas películas del Oeste.
Puede parecer una pequeña anécdota infantil. Pero también dice algo sobre la fuerza con la que una cultura puede entrar en el imaginario de otra. Aquel niño estaba a miles de kilómetros de México y, sin embargo, México formaba parte de su mundo.
Por eso merece la pena mirarnos desde el otro lado. Porque escuchar cómo nos mira otro puede ser una de las mejores formas de conocernos.
Quizá, después de más de dos siglos de separación política, descubramos que todavía hay mucho que reconocer al otro lado del Atlántico.
Porque un océano separa a dos países. Pero no necesariamente separa a dos pueblos.