Europa no es lo que parece

Así es. Europa no es lo que parece, y lo es y no lo es por muchos motivos. Quienes siguen desde México, Venezuela, Colombia o Argentina las noticias del viejo continente se preguntarán qué ocurre aquí. Las revueltas juveniles de París, su contagio a otras ciudades y la violencia y el pillaje que hemos visto también en Barcelona y Bilbao dibujan una imagen difícil de encajar con la que siempre se tuvo de Europa al otro lado del Atlántico: el continente de las grandes ciudades, del arte, de la historia, de una cultura de referencia mundial. Una Europa que parecía haber dado con la fórmula de prosperidad, democracia y protección social. Una cosa es la Europa que proyectamos y otra, más compleja, la que vivimos.

Para entenderlo conviene fijarse en una diferencia con Estados Unidos. Cuando un mexicano, venezolano, colombiano o argentino decide emigrar, Estados Unidos suele estar entre sus primeros destinos: allí busca oportunidades, trabajo y prosperar con su esfuerzo. La iniciativa individual pesa enormemente y cada cual asume buena parte de la responsabilidad sobre su futuro. España es también una alternativa, sobre todo para quienes no logran establecerse allí. Aquí, además del idioma y los vínculos culturales, encuentran otra forma de entender la sociedad, con un Estado mucho más presente.

Los europeos hemos crecido esperando mucho de los poderes públicos. Confiamos en que el Estado esté ahí cuando enfermamos, perdemos el empleo o nos jubilamos. Sanidad, educación, pensiones y prestaciones forman parte de nuestra idea de convivencia, y es justo reconocer que ha sido uno de los grandes éxitos de nuestra historia. Sobre todo tras la Segunda Guerra Mundial, Europa levantó un modelo de protección social de referencia internacional.

Durante décadas, desde los setenta hasta principios de este siglo, vivimos una situación muy favorable. No fue un regalo, sino fruto del esfuerzo de generaciones anteriores, del crecimiento económico y de estructuras políticas, sociales y productivas muy consolidadas. Había actividad, empleo y capacidad de generar riqueza, lo que permitió tejer una amplísima red de solidaridad y ensanchar los servicios públicos. Millones de personas vivieron con garantías que otras sociedades miraban con admiración. Y nos acostumbramos, quizá demasiado.

Servicios públicos sobredimensionados

Pero el mundo ha cambiado. La población envejece, las migraciones han transformado su composición y son más quienes recurren a unos servicios públicos de coberturas ampliadas. La proporción de población amparada es hoy mayor que cuando se construyó buena parte de ellos. Tenemos necesidades más diversas y expectativas de protección más altas, pero los recursos de los Estados no crecen necesariamente al mismo ritmo.

Hay algo sencillo que no siempre hemos querido ver: la solidaridad tiene un coste. Hemos visto la protección colectiva como una conquista ampliable sin consecuencias individuales, como si repartir no costara nada a quienes generan los recursos. Pero hospitales, pensiones, ayudas y servicios públicos hay que pagarlos, y para ello hacen falta empresas, inversión, productividad, empleo y actividad económica. La redistribución reparte la riqueza, pero no la crea. Y cuando las necesidades crecen más que los recursos, la realidad acaba imponiéndose.

Y hay algo más incómodo: durante muchos años hemos sostenido buena parte del Estado del bienestar con dinero prestado. Esa deuda no es gratuita, se paga con intereses, y esos intereses salen del mismo presupuesto que debería financiar hospitales, escuelas y pensiones. En España, el pago de intereses está a punto de superar lo que se destina a Sanidad: dinero que ya no cura a nadie, sino que remunera a los acreedores de ayer.

La deuda de los países

Y España no es el caso más extremo. Según Eurostat, en 2022 Grecia, epicentro de la crisis anterior, encabezaba la lista europea con una deuda del 171,3% del PIB, seguida de Italia, con el 144,4%. Después se agrupaban Portugal (113,9%), España (113,2%) y Francia (111,6%), todos por encima del 105% de Bélgica y muy lejos de la media de la Unión Europea, que rondaba el 84%. Son países distintos con una misma hipoteca: haber financiado el presente con cargo al futuro.

Quienes notan con más fuerza esa contradicción son los jóvenes. Crecieron viendo vivir a sus padres, convencidos de alcanzar condiciones parecidas o mejores, algo natural durante generaciones. Ahora descubren que no será tan fácil: la vivienda, la estabilidad laboral y un proyecto de vida se alejan. Europa afronta algo antes impensable: una generación que puede vivir peor que la anterior. Y cuando una sociedad deja de ofrecer a sus jóvenes la promesa del progreso, algo empieza a quebrarse.

Vidas entre dos mundos

En esa generación hay muchos hijos o nietos de familias que inmigraron hace años, la llamada segunda generación. Nacieron o crecieron en Europa, estudiaron en sus colegios y comparten las aspiraciones de sus compañeros. Pero algunos cargan con una dificultad añadida: hallar su sitio entre la sociedad que los formó y las referencias culturales de sus familias. Se sienten ligados a Europa sin sentirse siempre plenamente reconocidos, y tampoco se identifican del todo con unos países de origen que conocen por sus padres o abuelos. Vivir entre dos mundos merece análisis propio.

Naturalmente, no todas las revueltas tienen las mismas causas ni cabe atribuir la violencia solo a la economía, la inmigración o la integración. Pero tampoco basta mirar las imágenes sin preguntarse qué hay detrás: una generación que recibió expectativas de bienestar y progreso y las ve alejarse. Esa frustración alcanza tanto a los jóvenes de familias europeas de siempre como a los hijos y nietos de inmigrantes, nacidos aquí.

Europa sigue siendo un continente extraordinario. Sus libertades, su cultura y sus conquistas sociales continúan siendo referente mundial, pero conservar ese patrimonio exige algo más que recordar éxitos pasados. El Estado del bienestar necesita una economía que lo sostenga, empresas que inviertan, empleo y riqueza que financien la protección social. Solidaridad e iniciativa privada no son caminos opuestos; se necesitan mutuamente. Quizá sea esta la gran lección: ningún modelo de bienestar está garantizado si pierde la capacidad económica que lo hizo posible.

Esa es, tal vez, la verdadera contradicción de la Europa actual: hemos construido sociedades muy protectoras, pero olvidamos que esa protección hay que financiarla cada día, y que durante demasiado tiempo la hemos pagado a crédito. Las nuevas generaciones descubren ahora que el futuro imaginado no está asegurado, y que además les toca devolver la factura. Esa es también la Europa que no siempre se ve desde fuera.