El fin de semana pasado concluyó la Feria Internacional del Libro Coahuila, consolidándose ya como una de las importantes del país. Pasillos llenos, autores, presentaciones de nuevos títulos, libros por todas partes. Y, sin embargo, una pregunta inevitable flota en el aire: ¿realmente estamos leyendo más o solo estamos rodeados de más libros?
Hace unos días leía un artículo de Sergio Sarmiento que ofrece un dato inquietante. En España, donde se lee más que en México, casi el 50 % de los libros exhibidos en librerías no venden un solo ejemplar en su primer año. Dos terceras partes no superan uno. Apenas el 5 por ciento rebasa los 100. Es decir, cada vez hay más libros y menos lectores.
La tendencia es global. Cada año se publican cerca de cuatro millones de nuevos títulos en el mundo. En México, tan solo en 2024, se produjeron más de 20 mil títulos y se vendieron 79 millones de ejemplares, menos de un libro por mexicano. Y aun así, el propio INEGI señala que la mayoría de quienes dicen leer no pasa de tres libros al año.
La paradoja no es menor. Como advirtió hace décadas Gabriel Zaid, los libros crecen en proporción geométrica, pero los lectores, en proporción aritmética. El resultado es un mundo donde escribir se ha vuelto más común que leer.
Vivimos en una época donde el contenido se multiplica sin descanso. Todo compite por nuestra atención: notificaciones, videos breves, pantallas que no se apagan. En ese entorno, la lectura exige algo cada vez más escaso: tiempo, silencio y profundidad.
Leer no es solo pasar páginas. Es detener el mundo un momento. Es sostener una idea hasta comprenderla. Es digerir el contenido y asimilarlo.
Por eso los libros siguen siendo insustituibles. Ningún formato rápido reemplaza la paciencia de una buena historia ni la arquitectura de un pensamiento bien construido. Como escribió Irene Vallejo en su extraordinario texto El infinito en un junco, el libro es una extensión de la memoria y la imaginación.
Pero hay algo más. Leer no solo forma ciudadanos más informados; forma personas más sensibles. La lectura es también un acto íntimo, incluso afectivo. Muchos aprendimos a leer escuchando la voz de nuestros padres y nuestros maestros. En esas primeras páginas compartidas hay algo que no se olvida: leer también es una forma de transmitir un sentimiento.
Quizá por eso, en medio de esta abundancia, el verdadero reto no es publicar más, sino razonar mejor. Ya no se trata de llenar estantes, sino encender curiosidades. Es importante tener ferias llenas, pero más importante es promover hogares donde los libros se abran.
Un libro en casa es apenas un objeto. Pero cuando se abre, con tiempo, curiosidad y silencio, deja de ser papel y tinta para convertirse en un puente. Un puente hacia otras vidas, otros siglos, otras ideas, otras posibilidades.
En tiempos como estos, leer no es un lujo. Es una necesidad. Una sociedad que lee, es una sociedad que piensa… y una sociedad que piensa, siempre tiene futuro.